lunes, 22 de febrero de 2010

Indignada

Un fin de semana sin muchas cosas especiales. Un viernes lluvioso, un Palermo inundado, varada en la oficina hasta las ocho de la noche, gracias a Dios. Sí, no tuve que mojar mis zapatillas, pero lamento tanto la suerte de la gente que no tuvo mi suerte, que no tuvo resguardo de las atrocidades de la tormenta... qué tristeza y qué desesperación sentir que el agua te invade y no podés escapar. Pensar en esas cosas duele, duele más de lo que uno puede llegar a imaginar. Todo se dio de manera pacífica por suerte y la noche cerró con una improvisada cena entre amigos luego del diluvio y los embotellamientos.
El sábado pasó sin pena ni gloria: un monumento a la pereza, para utilizar un eufemismo: no hice nada de lo que debía hacer, salvo evaluar los textos -una vez más- que participaban del concurso literario.
El domingo no fue muy grato a decir verdad: la tarde con el abuelo, con el abuelo ausente que se ríe con una risa muda y mira con los ojos hundidos, vacíos y perdidos, el abuelo que no sabe que soy su nieta porque seguramente no sepa que su hijo es su hijo o que, si lo sabe, no se imagina que tiene una hija de casi veintinueve años.  De todos modos, está mucho mejor que cuando lo vi entre esas cuatro horribles paredes blancas con olor a medicamentos, a encierro, a tiempo muerto. Esta vez no dolió tanto, pero no quiere decir que me haya acostumbrado a ver en ese esqueleto recubierto de piel al que una vez me llevó a andar a caballo, al que hasta hace poco labraba el campo con esas manos que ahora le tiemblan y que buscan aferrarse febrilmente a lo que sea para entretenerse o para destruir. Como dijo papá sabia y dolorosamente qué pasará por esa mente... Ni siquiera me atrevo a imaginarlo. Debe ser una mente llena de vacíos y fantasmas, una mente perdida que lucha por explicarse lo que pasa a su alrededor, por intentar clasificar los rostros que lo miran, por entender a qué se debe cada una de las frases que le espetan las ruidosas mujeres con las que ahora convive, por hacerse lugar entre los ruidos de una casa que no es la suya... Qué difícil debe resultarle a esa mente entender por qué no lo dejan ir a caminar al campo. ¡Si supieras lo lejos que está tu Corrientes natal, abuelo! Menos mal que no lo sabés, así al menos podés conciliar el sueño. Y menos mal que no sabés nada, que no entendés nada... si no, te indignarías como yo. ¿Qué necesidad hay de hablarte a los gritos, como si fueras un nene o un tonto? ¿Por qué te acosan con la tele, la radio, despertándote cuando vienen visitas? No entiendo, no comparto, me indigno... Pero me callo para que no me digan M... no lo viene a ver casi nunca, acá las otras nietas están todo el tiempo... ¡Digan lo que quieran! Yo prefiero no molestarlo... Y cuando haga falta, ahí estoy, como hoy, como esta tarde. No te molesto con mi presencia porque siento que te fastidia que una extraña se siente a tu lado y te pregunte cosas que no sabés contestar como ¿Cómo se siente, E...? ¿Qué les vas a responder? ¡Aturdido con sus gritos, urracas atentas y seviciales! Me indigno, porque parece una carrera para agradar, una carrera para ver quién te quiere más medido en tiempo a tu lado, medido en gritos, medido en cucharadas de sopa... y no es un concurso del cual yo desee ser participante. Quédense ustedes con la conciencia tranquila al atenderlo a él, pero no se olviden que cuando la tía D... estuvo mal, nadie, nadie, ninguno de ustedes, ninguno de su sangre, ni una mísera alma de la familia S... estuvo presente. Sólo estuvimos papá, mamá y nosotros. Hasta el último minuto. Hasta en el camposanto. ¿Quiénes tomaron las asas del ataúd cuando los del cementerio dijeron "Cuatro caballeros, por favor"? No, claro, no había cuatro caballeros: había uno solo, una dama, un nene y tres nenas. Una de esas nenas era yo, y la deposité en la fosa donde descansa para siempre. ¿Ustedes dónde estaban? Ya no importa. Total, la tía no charlaba con ustedes ni vivía en su casa. A la tía la atendíamos nosotras. No quiero participar de esta competencia sin sentido, no me interesa, si a ustedes les hace sentirse más en paz, pues bien, adelante... Pero a mí no me interesa figurar. En ese barrio soy un fantasma: un buen día desaparecí y nadie sabe el por qué. Y me alegro de eso, porque es una vergüenza con la cual me costó convivir, una situación de la que me es imposible escapar, pero que me marcó. Y a nadie le interesa. Sólo yo sé lo que pasé y no es ni peor ni mejor que lo que pasaron ustedes, es sólo distinto.
A esta altura de mi vida no voy a competir para ganarme el cariño insulso ni el favor de nadie. Si hago algo, es porque lo siento de corazón, porque quiero hacerlo. Y no para agradar. Eso es algo que ustedes no entienden. Si lo hicieran, serían más sigilosas y respetuosas en el trato. Pero... ¿quién es este fantasma para pedirles algo, no?
Soy yo. Soy MSR. Soy la oveja negra, sí. Pero saben que con la oveja negra siempre cuentan.

Por suerte en casa me esperaba el debate sobre los cuentos, y el hermoso mundo de la literatura, ese al que tanto amo, me dio un respiro y me dejó pasearme por su suelo fértil. Ahí volvió la sonrisa y se fue la furia, ahí fui libre, fui un poco más verdadera que cuando camino por la calle. Mi castillo de letras está tan lejos de derrumbarse y es tan seguro que esta noche dormiré en la mejor de sus habitaciones.

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