jueves, 22 de septiembre de 2011

De pedidos, socorros y padecimientos

A veces no sabemos cómo salir de ciertas situaciones que tienen diferentes grados de dificultad. Las soluciones se nos vuelven un nudo arduo de deshacer y nuestras manos son torpes para manipularlo y desarmarlo. Es entonces cuando la zozobra de apodera de nuestra alma, de nuestro corazón y rige nuestra vida la Angustia, con su corona dorada y su cetro que ama infligir heridas en la carne y en la mente.

Nos sentimos asfixiados, complicados, aturdidos, acosados, atormentados. Nos sentimos morir.

 

A veces estas situaciones que nos cargan de angustias tremendas nos vienen desde otro lado. Otra persona que confía en nosotros, que nos necesita, que está desesperada, acude a nosotros esperando una solución o al menos que lo auxiliemos. Quizá la otra persona, con miedos y angustias también, no se fija en que probablemente nos está cargando con pesares. O por el contrario, nosotros recibimos esos pesares para alivianar al otro y, sin darnos cuenta, un buen día nos hemos hecho de una gran carga totalmente ajena. Esto me trae a la mente un cuento de Cortázar:

 

Terapias

Un cronopio se recibe de médico y abre un consultorio en la calle Santiago del Estero. En seguida viene un enfermo y le cuenta cómo hay cosas que le duelen y cómo de noche no duerme y de día no come. 

-Compre un gran ramo de rosas- dice el cronopio. 

El enfermo se retira sorprendido, pero compra el ramo y se cura instantáneamente. Lleno de gratitud acude al cronopio, y además de pagarle le obsequia, fino testimonio, un hermoso ramo de rosas. Apenas se ha ido el cronopio cae enfermo, le duele por todos lados, de noche no duerme y de día no come. (Julio Cortázar, en historias de cronopios y de famas)

¿Seremos como el médico cronopio, que alivia, alegra, aconseja y, sin querer, se adueña del dolor ajeno tras el agradecimiento del ex paciente? ¿O seremos el enfermo que cree que con las rosas alegrará y sanará pero sólo logra enfermar?

Muchas veces las cosas son más sencillas de lo que parecen y tenemos que limitarnos a actuar con normalidad: juguemos el rol de hijos, de esposas, de maridos, de empleados perfectamente normales, como todos esperan. Y no nos llevemos a casa el dolor de los demás aunque deseemos y podamos aliviarlo. Acompañar y asistir no significa hacerse cargo de todo, hasta de lo imposible.

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