miércoles, 22 de abril de 2020

Sueño

El sueño que sobreviene en este aislamiento en el que estamos no es pacífico. Nos sacude con lo peor de nuestros miedos y nuestras dudas, con lo más agudo de nuestros deseos.
Soñamos las pesadillas más terribles, nos trepan a la piel todos los monstruos que creíamos enterrados pero, como zombies, emergen de la tierra y nos invaden, intentando apropiarse de cada espacio.
Soñamos con materializar nuestros deseos de las maneras más insólitas, claro, porque así es el reino de los sueños.

El mío fue un sueño de puro deseo, con aroma a esperanzas olvidadas hace años en algún recóndito lugar fuera del alcance de la memoria. Fue un sueño plácido y sencillo, apenas iluminado por una cálida luz tenue: la de un atardecer. Fue tierno, anhelante del actualmente prohibido contacto social y físico al que solíamos estar tan acostumbrados.

***

Soñé con una sencilla reunión en una casa del conurbano oeste (mi barrio o el tuyo, un barrio tranquilo, de casas bajas y poco tránsito vehicular), durante un atardecer entre el final del verano y la llegada del otoño. Estaba yo, llegando apurada por ser quien estaba más alejada del destino, pero de buen humor; sonriente, casi como si no llevara en la espalda el peso de mi pasado, lista para disfrutar de una reunión de amigos para charlar de nuestras cosas. Luego de recibir la bienvenida de parte de la dueña de casa, su familia e invitados, miro todo con la sorpresa de lo nuevo.
Un rato más tarde, llegaba él. Tan familiar y tan distinto, tan sencillo como único y fascinante sobre el césped del patio, plantado con la misma firmeza con la que hacía todo, con su expresión seria, casi taciturna, hombre de pocas palabras, pero con los ojos llenos de la chispa del crepúsculo de marzo.

Para mí, él no es nuevo. Sus ojos no lo son. Su mirada profunda es algo que conozco de un tiempo que no puedo recordar. Pero mi mirada sí es nueva, y lo descubro mágicamente diferente. Veo lo que no hubiese podido ver en otro momento que no fuese el adecuado. Me acerco intentando disimular la fascinación, pero no sé si lo logro. El saludo nos cubre las mejillas con un pálido y leve rubor, imperceptible, pero seguimos adelante con el papel de invitados cordiales hasta que la charla nos une entre nosotros y nos aleja de la realidad tangible del patio. Las palabras nos transportan a otros universos, a distintos lugares e historias que nos hechizan y, poco a poco, nos van uniendo hasta que la distancia se nos acorta. Las miradas se encuentran cómplices y se dicen que es preciso volver  al patio en que se saludaron hacía un rato (minutos o tal vez horas, no podían determinarlo). Total, para todo hay un tiempo.
De regreso al interior de la casa, la anfitriona pide ayuda para hacer una compra de emergencia (nunca sabremos si fue la excusa que impulsó lo inevitable, o realmente todos tenían tanta sed ese día que la bebida se había agotado). De más está decir que los designados somos  nosotros. Cuando salimos noté que, hasta entonces, nunca habíamos caminado juntos. Pero esa proximidad se sentía familiar, era un lugar seguro. No me estaba ni en el lugar del centinela ni de la damisela en apuros, sino que me sentía cómoda, de igual a igual. Cuando completamos la misión encomendada, sabíamos que el momento había llegado. Nos detuvimos uno frente al otro mirándonos bajo la luz dorada y cálida del atardecer. Otra vez se nos acortó la distancia. Acaricié el mar abundante de su cabello y ya no hubo más espacio entre nosotros, fundidos en un beso lleno de deseo.

***

¿Será que cuando el aislamiento termine mi sueño se volverá real? Ya no tendré la mágica luz dorada de un atardecer de marzo, eso es seguro. Pero, por ahora guardo la promesa de que la distancia se nos acorte y materialicemos, al fin, nuestro deseo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario