lunes, 18 de enero de 2010

Blanca duermevela

Ayer te vi, E. S., en todo el esplendor de la insania. Te vi perdido, ausente y regresando. Te vi, gracias al Cielo te vi. Y vos a mí, aunque te costó reconocerme. ¿Para quién es fácil reconocer a un familiar veinticuatros años más tarde? Y en tu estado...
Ayer te vi, hundido en el mar de la locura, alucinando, con la mirada perdida...
Ayer te vi, coronado por las espinas de la demencia.
Y temí mirarme en el espejo.
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Tus ojos se dormían frente a mí
y más tarde centelleaban.
El intersticio entre cada parpadeo daba un universo nuevo y diferente
nublando el cielo de tus ojos con la ausencia de cordura.
Yo fui dos personas para vos en la misma tarde cada vez que crucé la puerta:
fui una extraña
fui tu sangre.
Fui una sombra inexacta en tu constante duermevela
compartí el espacio de la habitación con tus campos, tus asados, tus perros y tus sicarios embozados.
Presencié cómo la visión alternativa se te hacía real
cómo el brillo de la lucidez se te apagaba para estallar en una loca risa desquiciada
Y corrí escapándome de vos, espejo mío
a refugiarme en los brazos de nadie en ese pasillo blanco
iluminado por el sol mortecino de las tardes de enero.
Corrí y un hombro amigo absorbió la tormenta de mi dolorosa indignación impotente.
Nada puedo hacer por vos, nada
sólo esperar a que el destino se canse de que seas su juguete
Nada puedo hacer
espectro deslucido a los pies de tu cama.
Te veo a vos y me figuro con escalofríos la peor de mis pesadillas
dementes fantasían danzando frente a mí
hipnotizándome.
Pero vuelvo al frío pasillo y con los ojos secos
corro a vos quizá por última vez y te beso como si fuera a verte mañana
Otra vez desando ese pasillo inundado de una lúgubre luz blanca
para hundirme finalmente en la calle
anegada por el sol mortecino de las tardes de enero.

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