viernes, 4 de diciembre de 2015

Una sensación

Dice algún personaje nefasto que la inseguridad es solo una sensación, así que lo que voy a contar hoy no es más que eso: una sensación.
Anoche, luego de un viaje larguísimo lleno de percances como la marcha pro marihuana y subtes llenos a rebalsar, Constitución anegada y una fila interminable para subir al colectivo que haría su recorrido a paso de tortuga, logré llegar a la terminal. Me bajé donde siempre, crucé la vía de siempre, transité la plaza de siempre aunque esta vez desierta a causa de la lluvia y me dispuse a transitar las últimas casi 2 cuadras antes de llegar a mi destino. La cuadra anterior a la de mi casa suele estar un poco penumbrosa, pero no llega a ser decididamente sombría. Hay negocios, casas y una remisería. Todos estaban adentro para refugiarse del diluvio.
Vi por el rabillo del ojo una motito de esas que te hacen pensar uh, ya fue, me afanan. Vi que se detuvo apenas delante de mí en un lugar en el que no había nada más que yo, la potencial víctima del ladrón. Dame el celular, me dijo mientras me agarraba el brazo izquierdo para sacudirme y me arrancaba el bolsillo de la campera del mismo lado, sin arma. Por supuesto no llevaba celular a la vista y menos aún en un bolsillo tan desprotegido. Me dio bronca en un segundo que ese pendejo de mierda intentase en dos minutos llevarse algo que a mí me cuesta esfuerzo y trabajo y horas de no ver a mi familia. Enfurecí. Aferré el paraguas que tenía en la mano derecha y usé un idioma que no suelo usar salvo para comunicarme en alguna ocasión extrema: Salí, negro puto, rajá de acá, le grité mientras le propinaba un único golpe con el paraguas en su tal vez único diente. Se ve que lo agarré desprevenido porque reculó y se subió a la moto para emprender la huida mientras yo no dejaba de increparlo.
La cuadra permaneció en silencio y todas las personas se quedaron adentro. Ni siquiera intenté pedir ayuda. ¿Para qué, pensé, si tanto el bolsillo de la única camperita linda que tengo todo desgarrado como el dolor y los moretones en el brazo no son más que una sensación?
Después de esto, la única sensación que me queda es que estamos cada vez más desamparados.
Cuando volví a mi casa y conté lo que había pasado todos se alegraron de que no me pasó nada. No, no me quitaron nada, por suerte.
El que estuvo brillante fue mi hijo de 2 años y medio: No mataron a mamá, dijo.
Y, mientras lo abrazaba riendo y con lágrimas en los ojos, volvió a quedarme una rara sensación.

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