¿Cómo se puede creer que las cosas pueden salir bien cuando empíricamente está demostrado que salen mal?
No existe cálculo de probabilidades a favor,
pero se intenta.
Se apuesta hasta la última célula,
hasta el último aliento
hasta la última gota de sangre.
Se hacen promesas a todos los santos y dioses de todos los credos
se tiran los dados
-cargados por la desgracia y soplados por el destino burlón y aciago-
y se pierde.
Se pierde porque a veces no deberíamos confiar
en que loos rezos vanos y desesperados pesen
más que la contrariedad y el mal ADN.
El azar es siempre
traidor de nuestra suerte.
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