Hay un lugar al que no quise volver por miedo. Era un recuerdo tan hermoso como aterrador, en verdad. Uno de esos lugares que visitás en sueños, un lugar feliz y secreto. Una avenida llena de gente en una gran ciudad en una tarde de otoño, mi vista hacia la izquierda esperando su llegada. La sonrisa dibujándose en mi rostro cuando lo veía venir cruzando la calle, con la mochila al hombro, para hablarme de algo seguramente importante. Las palabras casi no las recuerdo, la voz se me ha vuelto difusa con los años, pero ese beso en medio de una ciudad llena de luz y de gente es un recuerdo agradable donde puedo refugiarme si lo necesito.
La memoria, cirujana cuidadosa, extirpó esa felicidad negándola durante años y la tapó con dolor. Con dolor y vacío, con frustración, con llanto e incomunicación. ¡Qué niña era en aquel entonces, qué inexperta y errada! Así que luego de la intervención de la memoria, la tarde en la avenida fue enterrada.
Por esa avenida caminé con otro amor unos años más tarde y en otras circunstancias. ¿Me creés si te cuento que al pasar por nuestra esquina aún me temblaba el pulso? Ese otro amor fue diferente, aunque la misma calle fuese testigo de un nuevo primer beso lleno de deseo y de promesas. Ese otro amor también se terminó, pero fue diferente. Esta vez no me tocó el lugar de ser dejada, sino que mi suerte me vistió con el traje de verdugo que tan mal me sienta. Esta vez fui yo la cirujanda en el recuerdo de alguien, quitándole lo hermoso que hubo alguna vez para dejarle solo jirones sangrientos de desamor entre las manos.
Hace poco tiempo volví a pasar por nuestra esquina. Pensaba en cómo estarías luego de tantos años mientras observaba mi reflejo adulto en la vitrina que me vio esperarte tantas tardes cuando aún no peinábamos canas. Ahora entenderás por qué mi cara de sorpresa cuando, al oír mi nombre, giré con los ojos desorbitados tan solo para encontrarme con los tuyos, tan brillantes y hermosos como en mi recuerdo. Y ahí fue donde todo lo malo se desvaneció y pude verte como sos ahora: el mismo y diferente, un hombre y ya no un adolescente como cuando te vi por primera vez cruzando aquella calle con tu mochila al hombro. Tu voz era distinta, más madura, más cargada de experiencias, de dolores y de éxitos. Las incipientes hebras de plata en tu cabello te daban un toque distinguido, resaltando tus facciones. Y tus ojos... ¡qué puedo decir de ellos que no sepas! Tan llenos de vida, tan llenos de luz como cuando éramos jóvenes.
El café tuvo un sabor distinto a cualquiera que hubiese probado hasta el momento. Los recuerdos, las historias, las anécdotas pasadas en todos los años que nos habían separado llenaban el espacio entre nosotros para acercarnos. ¿Viste que me moría de ganas de abrazarte y de besarte o pude disimularlo? Cuando rozamos nuestras manos noté que la vieja chispa seguía intacta. No valía la pena preguntarnos por qué pasaron tantos años, sino comprender que porque habían pasado todos esos años, podíamos apreciarnos el uno al otro de una manera única, nueva y definitiva. Las fallas de dos adolescentes se habían diluído a través del tiempo recorrido cada uno por su lado. Nos veíamos por primera vez, pero al mismo tiempo éramos viejos conocidos.
Cada uno volvió esa tarde a su rutina, pero ya nada volvió a ser igual. A la luz de un nuevo primer beso, habíamos cambiado.
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