La asfixia. No me deja respirar, no me deja moverme, no me deja hacer nada.
La mujer estaba sentada junto a la ventana, en silencio, esperando la llegada del marido. Ya había cocinado, tenía la mesa puesta y sólo faltaba que él llegara y comenzara con las preguntas de costumbre: qué había hecho, con quién había estado, cuánto había demorado. Puntillosamente ella debería responder si no quería que su mejilla -una vez más- fuera cruzada por una bofetada. Obediencia absoluta, casa ordenada, nada de faldas cortas como aquella que él le destrozó con una tijera porque no toleraba que su mujer mostrase las piernas, nada de maquillaje para no llamar la atención de otros hombres. Ella le pertenecía, debía seguir sus reglas y acatar sus órdenes.
Estoy harta de que vuelva a cualquier hora de la noche y que pretenda que le crea que estuvo en una reunión.La mujer mira el celular como si la pantalla fuera un elemento hipnótico. No puede despegar los ojos de ella. No hay mensajes ni llamados, y los suyos no son respondidos. Sentada al borde de la cama espera como esperó por tantas otras noches sin respuesta, sin remedio, sin certezas. Junto con el primer rayo de sol entra él, completamente ebrio y desalineado, con un olor que es mezcla de su perfume francés, del whisky y del perfume caro de las mujeres que lo rodearon durante la noche. No puede enfocar la mirada y se pierde la visión patética de su mujer llorando de rabia y estrellando el celular contra la puerta del baño.
Dice que me ama, pero me ama de una manera enferma.
Nunca deja de cuidarme, ni a sol ni a sombra. No me deja un segundo desprotegida y sola. Pero cuando no le gusta lo que digo, lo que hago, lo que pienso, lo que uso, me deja. Si yo me enojo porque él hace cosas que no me gustan, me trata de yegua hija de puta y dice que me odia. Sé que no puede odiarme porque me ama demasiado, pero me ama de una manera rara. Ama y odia lo que represento para él: la salvación frente a sus propios demonios.
Siento que cuando me hace el amor está haciéndolo con otra.
No dudo de su amor por mi, para nada, pero no dudo de que sigue enamorado de su ex. Él la desea, y un par de veces, por accidente me llamó Leticia, despierto y en sueños. Me daban ganas de gritarle: "No soy Leticia, soy Sandra, pajero", pero me guardé la bronca. Dice que no tiene más contacto con ella, pero ¿quién puede asegurarme que dice la verdad? No me quedó más opción que buscar a la famosa Leticia para sacarme la duda. Menos mal que lo hice: la pobre mina se me cagó de risa en la cara: lo que menos le interesa en la vida es volver con su ex. Es más: me aconsejó que no es un tipo conveniente para mí. Quedamos en tomarnos otro café durante la semana y seguramente salgamos juntas algún día.
¿Qué lo enamoró de mí? El grosor de mi cuenta bancaria.
Un hombre delicado, instruido, galante, dueño de una retórica áurea, trajes carísimos y una sonrisa infalible. Eso fue lo que vio la mujer en esa fiesta llena de intelectualoides, eso fue lo que la deslumbró. Él supo ganarse un lugar en su corazón haciendo uso de su último buen traje y sus buenos modales, confesándole más tarde y casi con lágrimas en los ojos que estaba en la quiebra. Trato injusto: él le ofrecía un amor falso a la insatisfecha y ella colmaba sus necesidades económicas. Él no se había enamorado de la belleza de la dama, de su inteligencia, de sus encantos felinos: se había enamorado de su cuenta bancaria y había ido a la caza como la más feroz de las fieras.
Hacer el amor ahora es un trámite
Hace tiempo que estamos juntos. Al principio era todo mágico, idílico, el hombre perfecto. Luego todo se fue volviendo monótono. Él era una mancha molesta que no podía quitarme. Hasta llegué al punto de no desear que me tocara a menos que me ardieran las entrañas y prefiriera su toque al de un extraño. Era inoportuno para acercarse, se había vuelto poco delicado para crear el clima y lo que antes me gustaba ahora me causaba casi repulsión. No era un placer, era un trámite. Y aunque él no me veía, cuando terminábamos, con la excusa de la higiene personal me iba al baño y lloraba como una tonta. Me dolía la situación y me dolía no poder decirle que las cosas iban mal porque en el fondo tenía miedo no sé de qué.
Celos
Me vino a buscar otra vez a la salida del trabajo. Escribió en una de las paredes laterales un gigantesco "te amo". A veces lo veo sentado en la vereda de enfrente esperando que al mediodía yo salga, cosa que no hago. Hace unos días me hizo una escena de celos en la puerta del negocio, revoleándome el anillo que tenemos -o teníamos-... a los gritos, histérico, casi una escena invertida donde él se comporta como la mujer. Ahora tengo miedo y no sé qué hacer.
Muchas veces nos habremos sentido un poco como alguna de estas mujeres. O no, quizá somos afortunadas y nunca vivimos una relación de esas que lastiman el cuerpo y el alma. A esas personas que juzgan a quienes se vieron envueltos en cosas como estas, les digo algo que hablaba con una amiga hace unos días: qué fácil es juzgar y decir "yo no permitiría tal o cual cosa" cuando uno no ha vivido en carne propia ciertas situaciones.
Para todas las mujeres que vivieron alguna situación de abuso, de maltrato, de infidelidad o simplemente se han sentido abandonadas o no tenidas en cuenta, va esta breve nota junto con los mejores deseos. Ojalá nunca tengamos que vivir nuevamente situaciones desagradables en nuestras vidas.
La mujer estaba sentada junto a la ventana, en silencio, esperando la llegada del marido. Ya había cocinado, tenía la mesa puesta y sólo faltaba que él llegara y comenzara con las preguntas de costumbre: qué había hecho, con quién había estado, cuánto había demorado. Puntillosamente ella debería responder si no quería que su mejilla -una vez más- fuera cruzada por una bofetada. Obediencia absoluta, casa ordenada, nada de faldas cortas como aquella que él le destrozó con una tijera porque no toleraba que su mujer mostrase las piernas, nada de maquillaje para no llamar la atención de otros hombres. Ella le pertenecía, debía seguir sus reglas y acatar sus órdenes.
Estoy harta de que vuelva a cualquier hora de la noche y que pretenda que le crea que estuvo en una reunión.La mujer mira el celular como si la pantalla fuera un elemento hipnótico. No puede despegar los ojos de ella. No hay mensajes ni llamados, y los suyos no son respondidos. Sentada al borde de la cama espera como esperó por tantas otras noches sin respuesta, sin remedio, sin certezas. Junto con el primer rayo de sol entra él, completamente ebrio y desalineado, con un olor que es mezcla de su perfume francés, del whisky y del perfume caro de las mujeres que lo rodearon durante la noche. No puede enfocar la mirada y se pierde la visión patética de su mujer llorando de rabia y estrellando el celular contra la puerta del baño.
Dice que me ama, pero me ama de una manera enferma.
Nunca deja de cuidarme, ni a sol ni a sombra. No me deja un segundo desprotegida y sola. Pero cuando no le gusta lo que digo, lo que hago, lo que pienso, lo que uso, me deja. Si yo me enojo porque él hace cosas que no me gustan, me trata de yegua hija de puta y dice que me odia. Sé que no puede odiarme porque me ama demasiado, pero me ama de una manera rara. Ama y odia lo que represento para él: la salvación frente a sus propios demonios.
Siento que cuando me hace el amor está haciéndolo con otra.
No dudo de su amor por mi, para nada, pero no dudo de que sigue enamorado de su ex. Él la desea, y un par de veces, por accidente me llamó Leticia, despierto y en sueños. Me daban ganas de gritarle: "No soy Leticia, soy Sandra, pajero", pero me guardé la bronca. Dice que no tiene más contacto con ella, pero ¿quién puede asegurarme que dice la verdad? No me quedó más opción que buscar a la famosa Leticia para sacarme la duda. Menos mal que lo hice: la pobre mina se me cagó de risa en la cara: lo que menos le interesa en la vida es volver con su ex. Es más: me aconsejó que no es un tipo conveniente para mí. Quedamos en tomarnos otro café durante la semana y seguramente salgamos juntas algún día.
¿Qué lo enamoró de mí? El grosor de mi cuenta bancaria.
Un hombre delicado, instruido, galante, dueño de una retórica áurea, trajes carísimos y una sonrisa infalible. Eso fue lo que vio la mujer en esa fiesta llena de intelectualoides, eso fue lo que la deslumbró. Él supo ganarse un lugar en su corazón haciendo uso de su último buen traje y sus buenos modales, confesándole más tarde y casi con lágrimas en los ojos que estaba en la quiebra. Trato injusto: él le ofrecía un amor falso a la insatisfecha y ella colmaba sus necesidades económicas. Él no se había enamorado de la belleza de la dama, de su inteligencia, de sus encantos felinos: se había enamorado de su cuenta bancaria y había ido a la caza como la más feroz de las fieras.
Hacer el amor ahora es un trámite
Hace tiempo que estamos juntos. Al principio era todo mágico, idílico, el hombre perfecto. Luego todo se fue volviendo monótono. Él era una mancha molesta que no podía quitarme. Hasta llegué al punto de no desear que me tocara a menos que me ardieran las entrañas y prefiriera su toque al de un extraño. Era inoportuno para acercarse, se había vuelto poco delicado para crear el clima y lo que antes me gustaba ahora me causaba casi repulsión. No era un placer, era un trámite. Y aunque él no me veía, cuando terminábamos, con la excusa de la higiene personal me iba al baño y lloraba como una tonta. Me dolía la situación y me dolía no poder decirle que las cosas iban mal porque en el fondo tenía miedo no sé de qué.
Celos
Me vino a buscar otra vez a la salida del trabajo. Escribió en una de las paredes laterales un gigantesco "te amo". A veces lo veo sentado en la vereda de enfrente esperando que al mediodía yo salga, cosa que no hago. Hace unos días me hizo una escena de celos en la puerta del negocio, revoleándome el anillo que tenemos -o teníamos-... a los gritos, histérico, casi una escena invertida donde él se comporta como la mujer. Ahora tengo miedo y no sé qué hacer.
Muchas veces nos habremos sentido un poco como alguna de estas mujeres. O no, quizá somos afortunadas y nunca vivimos una relación de esas que lastiman el cuerpo y el alma. A esas personas que juzgan a quienes se vieron envueltos en cosas como estas, les digo algo que hablaba con una amiga hace unos días: qué fácil es juzgar y decir "yo no permitiría tal o cual cosa" cuando uno no ha vivido en carne propia ciertas situaciones.
Para todas las mujeres que vivieron alguna situación de abuso, de maltrato, de infidelidad o simplemente se han sentido abandonadas o no tenidas en cuenta, va esta breve nota junto con los mejores deseos. Ojalá nunca tengamos que vivir nuevamente situaciones desagradables en nuestras vidas.
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