Pasé una tormenta bastante fuerte que casi me hizo zozobrar. Desde mil flancos diferentes he visto asomar a amigos y enemigos, quitándose de golpe las máscaras. Qué sorpresa fue ver a los ojos a los traidores, que te prodigan sonrisas acarameladas cuando por dentro hierven de hiel, de envidia, de enfermedad, de podredumbre del alma, de muerte en vida crónica.
Ahora que tengo nuevamente el cetro, los ingratos no están invitados a mi mesa. La gente que comió de mi mismo plato y que pretendió tenderme una copa envenenada no es la gente que quiero a mi diestra ni frente a mí en mi banquete permanente.
Las zorras camufladas con piel de cordero. Las víboras ocultas en el fondo del canasto de manzanas brillantes. El veneno desleído en la botella de vino nuevo. El puñal que un abrazo clava en la espalda. Todas estas escenas no van a tenerme como protagonista nunca más. No voy a darles el gusto de flaquear para que puedan saquearme.
NUNCA.
Espero que las capas de maquillaje con las que cubres tu joven y muerto rostro no hayan afectado lo poco que te queda de cerebro. Disfrútalo, porque las drogas van a terminar de aniquilarlo y ya no te servirá para conquistar a nadie con tus niñerías.
Ponte la piel de cordero sobre los hombros, como tanto te gusta hacer para atrapar incautas víctimas. Pero búscalas lejos de mi territorio, porque aquí ya no eres bienvenida.
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