Te confesé mis miedos más terribles, mis temores ocultos y vergonzosos. Te dije que de a poco quiero recuperar lo que se nos fue perdiendo y realmente quise decirlo. Extraño la seguridad de antes, pero sé que la que estamos construyendo ahora va a ser más duradera porque ya no es adolescente sino adulta. Estamos tomando una decisión -o varias- importante, realmente seria e importante.
Como te dije, no sé hacer estas cosas, pero estoy dispuesta a aprender.
Lo más maravilloso de todo esto es redescubrirte. Verte como si te viera por primera vez, pero con la ventaja de las lecciones aprendidas a fuerza de golpes. Redescubro tus ojos, las mil miradas que podés tener, la tersura de tu piel, tu perfume, el tacto de tus manos siempre cálidas, el arrullo de tu voz, la luz de tu sonrisa, tu capacidad de darlo todo, tu afán de protección, tu infinita dulzura, tu firmeza, tu seriedad, tu presencia...
Te redescubro como lo más necesario de mi vida. Cada detalle tuyo, si no estuviera, me haría extrañarte hasta la muerte. Gracias a Dios que estás acá y que tenemos una oportunidad de repararlo todo, de construir de nuevo, pero esta vez sin fallas.
¿Te confesé que tengo miedo de perder lo más valioso de mi vida y como no supe cómo actuar cometí estupideces? Lo que tengo miedo de perder es a ti, mi ángel.
Por eso estoy empezando a cuidarte mejor que antes.
Te confesé cosas que son imposibles de confesarme a mí misma. Pero aunque eres capaz de verlo con tus propios ojos, creo que ambos necesitábamos que esta pobre tonta lo reconociera.
Estás haciendo conmigo un trabajo maravilloso.
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