sorprendente. El sueño y la realidad se confunden, tanto por el insomnio
como por lo increíble de los destinos humanos, preescritos por alguna
divinidad cuya lógica nos es inaccesible.
Siglos de cartas, siglos de debates, siglos de ausencia. Y ahora él estaba
frente a mí, de carne y hueso, tomando un té mientras conversábamos. ¿Es que
el sueño recurrente de antaño se me había vuelto realidad? Qué difícil que
fue todo. Miles de inconvenientes, de errores, de miedos se interpusieron
entre nosotros durante largos años. Hasta yo, hereje, quise torcer el
destino jugando a ser mi propio dios y desafiando lo que estaba escrito;
pero es imposible escapar de algunas cosas, aunque tengamos voluntad férrea.
Intenté acercarme a él, intenté acercarme, intenté hacer una vida de la que
él estuviera excluido, pero no fue posible. Un día coincidimos en un lugar,
otro día intercambiamos palabras y otro día, mil años después, estábamos
compartiendo una taza de té en un café del centro de Buenos Aires. Era el
encuentro imposible del sueño con la vigilia, del sol con la luna. Era
totalmente imposible. Inevitable.
Por más que hubiéramos querido escapar, no hubiéramos podido, como no
podíamos dejar de mirarnos con fascinación extraña y terrible. Su mano rozó
la mía, mi beso reposó sobre su mejilla y se nos enredaron los brazos del
uno en los contornos del otro. Qué increíble era. Un sueño de ojos abiertos
que me llenaba de aire fresco los pulmones y me hacía escocer los ojos, que
nunca había usado antes, porque miraba la vida sin ver.
No sé de qué lado del espejo estamos, pero nunca me he sentido tan cómoda en
la incertidumbre, en lo indefinido, en lo que no tiene manera de ser
nombrado.
No importa de qué lado del espejo estamos: estamos en el lado de la noche,
de los sueños, de la fantasía: nuestro reino, ése en el que la realidad es
opcional.
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