Había olvidado a qué sabe el miedo
-ese sabor agrio, la boca seca-
hasta que el monstruo del pasado apareció subrepticio intentando marcar el territorio perdido.
Vi en mis sueños esa bestia armada con una máscara de miel y de rosas
un traje de hada con alas de mariposa con ojos de cervatillo con lágrimas puestas como un océano de mentiras para adornar la lánguida belleza de su rostro traicionero.
Vi en mis sueños su sonrisa maligna cubierta de palabras arteras.
Vi en mis sueños su intención.
Vuelve, vuelve a mí, siempre he sido tuya y las puertas de mi alma siguen abiertas sólo para ti. Júrame que no me has olvidado, porque yo a ti no he podido, aún la flama enciende mi pecho, aún guardo en mi cuerpo tu calor. ¡Dime que aún me amas como siempre! Sabes que no podré arrancarte jamás de mí.
El miedo me apresó cuando temí que el truco fuese cierto
temí que la trampa
-la tentación perfecta-
te hundiese en el brillo ilusorio de la esperanza de recuperar lo perdido
¡Quién no daría hasta el alma por recobrar los sueños, pero hechos realidad!
Temí que usara contigo el señuelo más bajo,
que te enseñara lo más amado para ti
¡sus ojos y su sonrisa llamándote directamente al corazón con los brazos extendidos!
Y temí que te marcharas.
No temí tanto que me dejases como que te destruyese esa maldita drosera una vez que te tuviera en su poder, en su reino de sombras embusteras donde mi luz no llega y su poder no alcanza...
Y entonces, antes de despertar, en la boca seca recordé una vez más
el amargo sabor del miedo.
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