Cuando estoy desconsolada y no puedo recurrir a nadie más, recurro a su voz. Una voz profunda, adulta, que no parece la de un jovencito, una voz severa, pero a la vez con un dejo de dulzura. El dueño de la voz está dispuesto a escucharme sea la hora que sea y sea cual sea la pavada que tenga yo para decir. En medio de una crisis de angustia a las seis y media de la tarde, en medio de un acceso de ira a la una de la madrugada, sea la hora que sea, la voz está ahí para calmarme si hace falta. Somos los mejores confidentes, ¿no? Un equipo excepcional.
Podríamos cantar a dúo para dejar obnubilado a un teatro lleno, y reírnos por lo bajo de la broma que hicimos y que solo nosotros entendemos.
Qué bueno es poder oír tu voz cuando hace falta.
Es muy grato escuchar una voz amable, cristalina, clara, tan frágil que parece venir de algún ave. Y a pesar de eso, terriblemente precisa, sonora y razonable; cargada de comprensión, de sutileza y de una fabulosa inteligencia. Y mucho más si existe esa tácita y asombrosa coordinación que mencionás. En ocasiones resulta casi increíble. Parece que formaran distintas notas de un mismo instrumento, siempre moviéndose a un mismo compás, con un secreto unísono que nadie sino ellos mismo pueden advertir. Realmente qué bueno es sentir que uno puede ser de ayuda a la gente que quiere. Y qué lindo escuchar voces tan... no sé, tan cercanas en lo mental.
ResponderEliminarUn hermoso Texto.
Salud.