Desciende de su carruaje la Angustia
toda escarlata, toda de negro
y sus guantes de terciopelo acarician la garganta.
Suelta una mano y desciende su caricia
sobre el pecho inerme
oprime mientras sonríe cruelmente
y disfruta del tamborileo extremo
del corazón.
Se suma a la danza un caballero enmascarado
de frac impoluto y perfecto
¿Dónde está, adónde ha ido?
Es como una sombra de la tarde
imposible de ubicar y casi ubicuo
invasor incansable espeluznante
con su aliento subrepticio en cualquier parte.
La víctima -centro de la danza- empieza
a hipar que es un contento
a sollozar como un niño encerrado en un sótano oscuro
se le crispan las manos, lo inunda un llanto primigenio, visceral, único.
El caballero enmascarado es el que guía
no sonríe pero se burla quitándose la galera y haciendo una reverencia
-Mi nombre es Pánico, ¿Me concede esta pieza?
La música no termina hasta que la víctima -centro de la fiesta-
cae rendida, aterrada, desmayada
y duerme un sueño profundo como las aguas del océano
entre los brazos de la Angustia y el Pánico.
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