En este lado del espejo juego a que no tengo voz. Durante larguísimas horas guardo un silencio sepulcral, simplemente porque no me interesa malgastar mis palabras ni mis ideas con la gente que está aquí a mi alrededor. Es como hablarle a rocas, o peor aún. Descorazonados, fríos, insensibles, metálicos. No valen la pena para mí, y juego como cuando era una niña, juego a que represento un papel. Durante las horas que dura el suplicio juego a que hice un voto de silencio, pacto que solo se rompe cuando me toca obligatoriamente a causa de mis tareas, hablar ineludiblemente con alguien.
¿Para qué hablar cuando no vas a ser escuchado?
Del otro lado del espejo sí. Puedo hablar y departir durante horas sobre mil cosas, sobre mil mundos ante mil pares de ojos y de oídos atentos.
Del otro lado está mi verdadero mundo.
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